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sábado, 28 de febrero de 2026

Convivencia familiar, escolar y social

Para que el bienestar que brinda la escuela contribuya positivamente en el desarrollo integral de sus estudiantes es necesario la articulación y convivencia con las familias y la comunidad más cercana a la población estudiantil, con el propósito de consensuar metas y principios comunes que orienten la formación (Tenorio et al., 2013). De lo contrario, pueden surgir una serie de discursos y prácticas desde la familia, la escuela y la sociedad dispares entre sí, que responden a metas formativas distintas que no son explícitas o no se tienen del todo tan conscientes.

Por ejemplo, el ingreso a la escuela implica la incorporación de hábitos y prácticas que marcan el ritmo de la cotidianidad, no solo de las y los estudiantes sino también de sus familias y/o personas a su cuidado: cumplir con el horario de la escuela, contar con tiempo y un espacio en casa para desarrollar las tareas escolares, el acompañamiento y supervisión de las personas adultas del proceso formativo de sus hijos/hijas. Lo cual requiere el compromiso de las familias con las metas de formación que paute junto con la escuela e introduzca prácticas de crianza que estén en sincronía con dichas metas.

Si se presentan grandes diferencias o incluso contradicciones entre lo que la vida escolar ha establecido como normas y prácticas que regulan la vida social, y lo que la familia propone, se creará un conflicto que afecta a el/la estudiante, en tanto queda expuesto a demandas contrapuestas (Taborda, 2020).

Insistimos más en el cumplimiento de las tareas que en promover el interés y la curiosidad de nuestros estudiantes. De la misma manera, en casa, las familias enfrentan diariamente las tareas de la crianza, olvidando que no se trata de obligar a obedecer, o de someter a los hijos/hijas unos días a exigencias y otros días dejarlos hacer lo que les provoque, sino de contribuir a diario a volverlos personas responsables y colaboradoras (Tenorio et al., 2013: 5). De ahí la importancia de entablar puentes entre la escuela y las familias, desde donde sea posible establecer principios educativos comunes y estrategias adecuadas según esos principios.
El modelo cultural y económico de la sociedad también tiene un fuerte impacto en la relación y convivencia entre familia y escuela, y por ende en la población estudiantil. Una sociedad cada vez más globalizada y mercantilizada, en la que la información se difunde velozmente y se instaura como meta de vida alcanzar el éxito económico, la fama y la felicidad de forma rápida, instaura grandes retos en la formación escolar y en las prácticas de crianza. Las metas educativas de la escuela y la familia, idealmente consensuadas, entran en tensión con la metas sociales y se manifiesta en el aula de clase y en los hogares, principalmente, en el uso de las Tecnologías de la Informática y la Comunicación (TIC), sus beneficios pero también sus riesgos; los nuevos referentes de opinión como los YouTubers e influencers, y el cuestionamiento de la educación como medio de movilidad social ante trabajos en el marco de economías ilegales que prometen rápido acceso a recursos económicos (Guzman et al., 2014).  

Si bien, la escuela y las familias no están exentas de los impactos del modelo económico y cultural que impera en un mundo globalizado, los distintos actores que hacen parte de las instituciones educativas profesores, equipos DECE, directivos, familias y estudiantes son agentes de cambio que pueden incidir en transformaciones a nivel local, proponer otros mundos posibles basados en el buen vivir, en la posibilidad de convivir en nuestras diferencias en igualdad de derechos. De esta manera, la escuela se erige como el lugar privilegiado en el cual restituir la idea de que el futuro y su sentido lo tenemos que construir entre todos y todas (Taborda, 2020), teniendo como motor de inspiración a los niños, niñas y adolescentes en pleno proceso de formación y pasaje hacia la adultez. Es fundamental, aportar en la formación de ciudadanos y ciudadanas que puedan contribuir a procesos de paz y convivencia en sus contextos más próximos.

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